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Beethoven Herrera Valencia
Análisis

Reducciones guaraníes y misiones jesuitas

Uno de los hechos más destacados de la independencia fue la expulsión de la Compañía de Jesús bajo el reinado de Carlos III.

Beethoven Herrera Valencia
POR:
Beethoven Herrera Valencia
febrero 23 de 2020
2020-02-23 07:00 p.m.
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La celebración del bicentenario de la independencia ha permitido visibilizar experiencias muy importantes de la sociedad colonial y sus impactos en las relaciones de América con la metrópoli. Uno de los hechos más destacados fue la expulsión de la Compañía de Jesús bajo el reinado de Carlos III; y en esa decisión tuvo incidencia la solidez económica y la autonomía política que tenían las comunidades de nativos guaraníes ubicadas en lo que hoy se conoce como la triple frontera entre Brasil, Argentina y Paraguay. 

Un total de 4.500 nativos estaban concentrados en 15 pueblos en Argentina, 8 en Paraguay y 7 en Brasil, y en ellas el indígena paso a ser dependiente y a mezclarse con otras etnias, debían cargar pesadas piedras para construir los templos y la esperanza de vida solo llegaba a 30 años.

A diferencia de instituciones como la mita, yanaconazgo, encomienda, tradicionales en la colonia española, se desarrollaron organizaciones sociales dirigidas por órdenes religiosas, conocidas también con el nombre de reducciones.

Las Misiones Guaraníes de la Compañía de Jesús, catalogadas como construcciones sociales novedosas, integraban valores europeos con tradiciones indígenas que consideraban adecuadas. Los jesuitas buscaban conservar la cultura indígena, aprender su lengua y recurrían al arte para evangelizar y para el desarrollo económico construyeron talleres de herrería, fraguas, tejían sus propios vestuarios y construyeron escuelas de música.

Esos centros buscaban proteger a los indígenas de la explotación colonial portuguesa, y se volvieron unidades productivas que permitían a los aborígenes superar la pobreza y conseguir independencia económica pero implicaba un cambio drástico, pues debían renunciar a la libertad, aprender a convivir con otras tribus y cambiar de terreno.

Como sostuvo el canciller e historiador colombiano Indalecio Líevano Aguirre, los jesuitas en Paraguay aprovecharon la tendencia natural de los indígenas al comunismo para construir una vida comunitaria dentro de la reducción basada en un sistema social solidario y una economía basada en la comunidad de bienes y de producción.

El modelo incluía el cultivo común en una parte de los territorios de cada misión con productos destinados a satisfacer las necesidades colectivas, y la venta de los excedentes en las áreas externas de la misión para adquirir los demás elementos (telas, vestidos, sombreros, semillas, herramientas de labranza y de construcción). Para este fin, las tierras fueron divididas en dos grandes porciones: El Campo de Dios y el Campo del hombre. La primera era más extensa, se trabajaba comunalmente y sus frutos se guardaban graneros comunales para fines de beneficio colectivo. La otra era más pequeña y a su vez se dividía en lotes que poseían individualmente los miembros de la comunidad, sin derecho a vender sus productos o negociarlos.

Los principales elementos de labranza (los arados y las yuntas de bueyes) eran propiedad pública y estaban concentrados en granjas especiales, a las que debían solicitarse en tiempos de siembra. Toda la tierra estaba sujeta a rotaciones periódicas que le permitieran descansar para hacer mejor uso de la misma y cada persona trabajaba para la comunidad cultivando en determinados días del año, incluyendo el alcalde.

Con el tiempo se hizo más eficiente la división del trabajo, ante la necesidad de aumentar la productividad laboral de los indígenas y destinar, en forma permanente, vastas áreas para la producción de frutos exportables. De la venta en el extranjero de estos se adquirían los elementos para la construcción de instalaciones industriales y agrícolas.

Los jesuitas querían que los indios aprendieran artes mecánicas y lograran manipular los artefactos de la pequeña industria. Así, se establecieron en las reducciones escuelas y talleres donde los indios aprendían a manejar tornos, sierras, fraguas, telares y se hacían expertos en carpintería, escultura, fundición y sastrería.

El arte empezó a expandirse a todos los ámbitos de la misión y los guaraníes construían edificios, pintaban escenas religiosas, cantaba en misa, tallaban santos, modelaban cerámica, danzaban, realizaban obras de teatro y ritos de comunión. Del cruce artístico entre el barroco, estilo estético europeo traído por los jesuitas, y la cultura guaraní, nació el barroco-guaraní como estilo trabajado fundamentalmente en piedra y madera.

En 1768, los jesuitas fueron expulsados de América, pues eran vistos como una amenaza para los intereses de la economía colonial pues por su elevada productividad las misiones desplazaron en los mercados españoles a los productos similares, y el capital se desplazaba de la ineficiente economía colonial (fundada en la encomienda, la mita y el latifundio improductivo) hacia la economía misionera.

Ello explica la hostilidad contra los misioneros de la Compañía de Jesús, pues se les atribuyó el propósito de crear un imperio independiente de la corona. El temor de que las reducciones jesuitas guaraníes afectaran la soberanía, estaba basado en que contaban con instituciones defensivas de carácter militar, cuyo objetivo real era proteger a los habitantes de la caza de indígenas para ser comercializados y esclavizados.

Tras la expulsión de los jesuitas las autoridades civiles y otras congregaciones obligaron a los pueblos guaraníes a adoptar una economía de mercado desconocida para ellos y las guerras de creación de los estados nacionales de principios del siglo XIX (Argentina, Brasil y Paraguay) dispersaron a los habitantes, quienes se arraigaron en esos países y las reducciones quedaron reducidas a ruinas. Como resultado muchos de esos edificios quedaron reducidos a ruinas, condenando con ello esta historia al silencio y al olvido.

Beethoven Herrera Valencia
Profesor, universidades Nacional y Externado.
*Colaboración, Aura María Gómez.

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