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Carlos Gustavo Álvarez
columnista

¡Y mercaban en canastos, ‘ueón’!

Los jóvenes que concentran el mundo en la pantalla de un ‘smartphone’ no pueden creer que sus padres se comunicaron por un teléfono negro de disco.

Carlos Gustavo Álvarez
POR:
Carlos Gustavo Álvarez
julio 12 de 2018
2018-07-12 08:20 p.m.
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Si los jóvenes que concentran el mundo en la pantalla de un smartphone no pueden creer que sus padres y abuelos se comunicaron por un teléfono negro de disco del tamaño de dos panelas (¿panela? ¿qué es eso, ‘ueón’?), y su messenger eran los marconis y los telegramas, esta columna les parecerá inverosímil.

Trata de los canastos (¿canastos, ‘arica’?), la bolsa reutilizable de hace unos, digamos, 50, 100, 200 años… Imágenes del Día de Mercado en Santa Fe y en la Bogotá de siglos postreros recrean siempre a las mujeres en esa tarea, en espacios (la Plaza Mayor), primero, y luego en las Plazas de Mercado (Las Cruces, Paloquemao) con sus canastos (¿O sea, la Plazoleta de Comidas, literal?).

Bien interesante la historia del canasto, hecho de mimbre, por lo general, y destinado a transportar cosas. Lo utilizaban las matronas romanas, que lo conocían como qualum, término derivado del griego calathos, canasto de Minerva, diosa considerada su inventora. De uno de ellos fue rescatado Moisés y aparece varias veces en La Biblia, antes de Cristo (¿cómo así, parce, hubo vida antes de Apple?).

Se tejía con juncos, mimbre o espartos. En Colombia, además, se hacían de fique, bejuco y chusque, el chin (de Tenza), y había verdaderas obras de arte multicolor en distintas zonas del país. Se podían encontrar en el considerado primer centro comercial de la capital, que como todos ustedes saben, es el Pasaje Rivas.

En 1893, 15 años después que naciera la Cámara de Comercio de Bogotá –que celebra, precisamente el 6 de octubre del 2018, 140 años de existencia–, el filántropo Luis G. Rivas lo concibió con las más románticas aspiraciones parisinas. La nauseabunda ciudad de entonces transportó sus efluvios hasta el edificio, Rivas no recibió a los pudientes capitalinos compradores de trajes y paños elegantes, y su pasaje quedó como bodega y miscelánea de las plazas de mercado (estoy ‘taggeando’ a mis amigos que usted se volvió loco, ‘arica’…).

En fin, todo para destacar la función que cumplió el canasto en una época en que pasaban otras cosas. La gente mercaba en ellos, y no trasteaba bolsas de plástico de aquí para allá, botándolas a la lata. Las botellas eran de vidrio, y aunque mi mamá, franqueando los 90 años, me dice que no recuerda que uno devolviera las de gaseosa a la tienda, yo sí creo haberlas llevado en el canasto para que nos retornaran ‘el depósito’.

El plástico no había cumplido su función devastadora. No por él, claro. Sino porque no reciclamos ni cuidamos como debe ser este aporreado planeta. Celebramos que debido al impuesto, el 71 por ciento de los hogares redujo el uso de bolsas plásticas y su consumo bajó 30 por ciento. Pero falta mucho por hacer en ese sentido. Sobre todo con las botellas. Sabrá Dios que habrá aportado cada uno de nosotros a la isla de basura que flota en el Océano Pacífico, 80.000 toneladas de plástico, que son como tres Francias a la deriva.

El canasto, en fin, fue la bolsa reutilizable de otra época y por eso esta memoria (del putas, ‘ueón’, pero sus papás sí eran muy raros…).

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