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Carlos Gustavo Álvarez
columnista

Gaitán

A mediados de 1980, tres muchachos abordamos la redacción de El Tiempo.

Carlos Gustavo Álvarez
POR:
Carlos Gustavo Álvarez
febrero 05 de 2019
2019-02-05 11:02 p.m.
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A mediados de 1980, tres muchachos abordamos la redacción de El Tiempo, extensa en el edificio trasatlántico que la visión de Luis Fernando Santos Calderón había instalado en el 59 – 70 de la Avenida El Dorado, un potrero largo y ancho donde pastaban vacas desentendidas y cantaban las ranas.

Éramos Fernando Gaitán Salom, Iván Beltrán Castillo y el que escribe y toca la campanita.
Yo era un poco mayor que ellos, pues ambos se abrían paso hacia los 19 años, recién salidos bachilleres felices del Liceo León de Greiff, que alguna vez hizo decir al poeta que estaba mamado de informar que no tenía las matrículas abiertas.

Nos hicimos amigos rápidamente. Tomábamos café y en la amplia cafetería del sótano estirábamos la plata que no teníamos para almorzar. Y como parecíamos zumbambicos andando de un lado para otro, no recuerdo bien si nos bautizaron “Los tres mosqueteros” o “Los tres chiflados”.

Éramos una intersección de ambos conjuntos, pues nos batíamos a pluma limpia para que nos dejaran escribir crónicas y estábamos locos porque para nosotros hacer el periodismo que no habíamos estudiado era sinónimo de escribir historias.

Veníamos inspirados en el Nuevo Periodismo, Gay Talese y Tom Wolfe, anclados en textos como “A sangre fría”, de Truman Capote, y si alguien nos hubiera abierto el corazón, habría encontrado allí a García Márquez palpitando.

Nos tocó un momento mágico. Irrepetible. El Tiempo tenía los mejores cronistas del país, que hacían de la edición dominical un acontecimiento literario. Comandada por Germán Santamaría, en la delantera estaban Germán Manga, Fernán Martínez Mahecha, José Clopatofsky, Mario Posso Jr. Y don Antonio Cruz Cárdenas.

Había plumas excelsas: la de todos los días que era el “Reloj”, de Daniel Samper Pizano, y la de jueves y domingos, el Contraescape, de Enrique Santos Calderón.

Nos metíamos bajo las alas del gran Guarino Caicedo, del poeta Rogelio Echavarría, de Roberto Posada García Peña, que nos abría las páginas de Lecturas Dominicales, y de Beatriz de Barcha que dirigía “Carrusel”.

La marcación hombre a hombre nos la hacían los capitanes del equipo, don Hernando y don Enrique Santos Castillo.

Iván hablaba como escribía, y uno nunca sabía si la emisión era escrita u oral. Gaitán era más parco, observador empedernido, con un sentido del humor preciso y urticante que soltaba como la gracia divina.

La vida nos llevó por tantos rumbos… Tiempo después nos encontramos con Gaitán bebiendo de esa fuente genial y volcánica que era el maestro Bernardo Romero Pereiro.

Ya separados definitivamente, los tres seguimos contando historias a la manera de cada cual. Hasta que Gaitán nos sorprendió a nosotros, a este país entero y a medio mundo con “Café con aroma de mujer”.

Era el talento desatado en la figura de “Gaviota”, que después saltaría a “Yo soy Betty La Fea” y “Hasta que la plata nos separe”, con ese humor lejos del chiste que estallaba en los pasillos de la redacción, y esa capacidad de reflejar la vida… como es la vida.

Gaitán, el mejor. Único. Magnífico. Te cuento que después de 39 años, estamos escribiendo con Iván. Ya sabes, como cantó De Greiff: “Es la vida pretexto, nada más, para historias y fábulas”.

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