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Carlos Gustavo Álvarez
Columnista

Gardeazábal

Fui a Cali para cumplir una misión botánica: comprobar si era cierto que el escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal estaba oliendo a gladiolo.

Carlos Gustavo Álvarez
POR:
Carlos Gustavo Álvarez
octubre 17 de 2019
2019-10-17 10:00 p.m.
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Posé mis pies sobre el azucarado y sultánico territorio de Cali, para cumplir una misión botánica: comprobar si era cierto que el escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal estaba oliendo a gladiolo. La tarea era una osadía. Sobre todo, si se tiene en cuenta que esa alusión testamentaria había sido emitida el 10 de octubre por quien posee uno de los supremos conocimientos florales del país: orquidiota inveterado y sabedor de la alquimia de los pistilos y los pétalos, pero, eso sí, repelente de los floripondios nacionales.

Ese día, en su columna “El Jodario”, que publica en el diario ADN –tratado de hermenéutica criolla y prueba del valor y de la independencia iconoclasta por la que ha transitado toda su vida–, había activado las alarmas.

Escribió: “Ahora, rendido por los años, pero gozando la senectud, acudo hoy a gozármela de nuevo recibiendo ese sencillo, pero muy diciente homenaje de ver mis Obras Completas editadas por la Universidad (del Valle) donde me gradué en 1970. Aunque alego pretenciosamente que es en vida que se nos debe reconocer lo que hemos hecho, debo admitir también que esos honores se nos conceden porque ya olemos a gladiolo”.

¿Rendido por los años? ¿Gozando la senectud? ¿Porque ya olemos a gladiolo? ¿Qué carajos le estaba pasando a mi amigo homónimo, álter ego, tocayo y colombroño?
Lo conocí hace 36 años. Entonces ya era mirado con una lupa atenta desde España, convertido en un caso de estudio en las universidades norteamericanas por la publicación de su libro Cóndores no entierran todos los días. En 1983, cuando nos presentamos como cuando uno se saluda con uno mismo, Caracol Televisión estaba convirtiendo en telenovela su obra “El bazar de los idiotas”.

Comenzamos a peregrinar como sombras la epifanía de un común quehacer literario, que Gardeazábal mezcló con la aventura política que los momios condujeron al desastre y a un infame tiempo de presidio. Se reinventó en “La Luciérnaga”, donde le cortaron la emisión, no la luminiscencia, y siguió hablando con Hernán Peláez por Internet y escribiendo esta columna, que retrata el principal verbo que conjuga en todos sus tiempos y personas: joder.

Ese jueves taciturno quedamos de encontrarnos a la entrada del Teatro Jorge Isaacs, frente al cual comenzaba una caravana de carpas en forma de Feria del Libro, asentada entre leyendas arquitectónicas: el edificio de Coltabaco y la Iglesia La Ermita.
Parado en el acceso de la carrera tercera, esperaba el ulular de las sirenas de enfermería que anunciaran la llegada del viejito. Nada. De repente di la vuelta y atisbé a un hombre parecido al Robert De Niro de “El guasón”, pero sin la aglomerada capa de maquillaje. Iba ataviado con una americana blanca marina sobre una especie de enterizo azul, rematado por unos crocs gerontológicos. Sonreía.

Nos abrazamos con el afecto acumulado de la ausencia. Le entregué mi libro más reciente “Fernando Panesso: relato de mi destino”. Y le dije: “Déjate de pendejadas. ¿Me hacés venir a verte la senectud y te encuentro con cara de pimpollo?”. Cuando los pájaros comenzaron a graznar sobre las palmeras sanconas, me alejé pensando que el único olor a gladiolo lo puso el homenaje.

Carlos Gustavo Álvarez G.
cgalvarezg@gmail.com

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