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Francisco Miranda Hamburger
Editorial

El futuro es global

Sin desconocer que las ansiedades detrás de la rabia contra la globalización tienen fundamento, el aislacionismo nacionalista no es la mejor fórmula.

Francisco Miranda Hamburger
Director de Portafolio
POR:
Francisco Miranda Hamburger
septiembre 25 de 2019
2019-09-25 10:00 p.m.
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En medio de las noticias sobre el anuncio del juicio político que la oposición promoverá contra el presidente Donad Trump, se perdieron muchos mensajes del discurso del mandatario estadounidense en la Asamblea de las Naciones Unidas. Lo deseable sería que el impacto de su retórica nacionalista fuera el menor posible.

“El futuro no pertenece a los globalistas, el futuro pertenece a los patriotas”, expresó Trump en su tercer discurso ante la ONU

Este no es un mensaje nuevo en boca del ocupante de la Casa Blanca. No solo lo afirmó en su intervención del año pasado, sino que también es una de las piedras angulares de su doctrina “Estados Unidos primero”.

Desde la campaña presidencial, el ‘trumpismo’ ha tenido una corriente aislacionista y concentrada en la política comercial, liderada intelectualmente por Stephen Bannon, ex estratega de la Casa Blanca.

Al igual que los promotores del Brexit en el Reino Unido, hoy en Downing Street con el primer ministro Boris Johnson, y dirigentes de la derecha populista en Europa, el nacionalismo de Trump culpa a la actual arquitectura de comercio global de estar arreglada en su contra.

Esta corriente antiglobalización no es nueva. Por décadas, facciones políticas en el mundo desarrollado han hecho campaña con las angustias de sus obreros y trabajadores industriales. No obstante, en los años siguientes a la crisis financiera de 2008, las rabias de amplios sectores de la población en países como EE. UU. y Reino Unido llevaron al poder a los impulsores de estas ideas.

Las crecientes desigualdades sociales de los países ricos se sumaron a otras tendencias por décadas en formación como las profundas brechas intrarregionales dentro de esas economías desarrolladas y la pérdida de empleos estables en industria. Trump, Johnson y demás populistas antiglobalización, tanto de izquierda y derecha, recogen un descontento que no se limita a la economía y se traduce en racismo contra las minorías y xenofobia contra los migrantes.

El arranque de la campaña presidencial en EE.UU., en la cual Donald Trump busca reelegirse con esas mismas ideas y enfrentará su juicio político en el Congreso, no hará más que recrudecer este discurso.

El problema está en que la inicial bravuconería ideológica de la Casa Blanca se está traduciendo, por motivos electorales, en decisiones de política pública. Una de ellas, por ejemplo, es el escalamiento de las tensiones comerciales con China. Este pulso entre Washington y Beijing ya está generando distorsiones en el intercambio global y empujando las perspectivas de la economía mundial a la baja para este año y el entrante.

La subida de aranceles de EE. UU. a un paquete de bienes y productos de origen chino que suman miles de millones de dólares golpeará a las familias estadounidenses. Economistas calculan en casi 500 dólares al año el impacto de los aranceles en el gasto de un hogar promedio de ese país.

Esta es apenas una de las aristas en la que la narrativa antiglobalización está produciendo efectos tangibles en la economía. Ese futuro nacionalista al que aspira Trump no le conviene a países como Colombia. Afortunadamente, ese escenario es claro para el presidente Iván Duque, quien en su discurso de ayer, en el mismo escenario de Trump, defendió el multilateralismo.

El debilitamiento de las instituciones globales perjudicaría a nuestro país en el abordaje de problemáticas como el narcotráfico, la corrupción transnacional, la protección ambiental y la migración de los venezolanos.

Sin desconocer que las ansiedades que hay detrás de esta rabia contra la globalización tienen más que fundamento, el aislacionismo nacionalista no es la mejor fórmula. Mucho menos para economías con necesidad de crecer como la colombiana. Lo grave es que en esa pelea de potencias es poco lo que se puede hacer.

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