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Ricardo Ávila
Editorial

Acertijo sin respuesta

La ausencia de confianza no solo está en el ADN de los latinoamericanos, sino que golpea negativamente el posible desarrollo de la región.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
POR:
Ricardo Ávila
febrero 11 de 2019
2019-02-11 09:20 p.m.
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Cuando a latinoamericanos y caribeños se les hace la pregunta sobre los problemas que encabezan su lista de preocupaciones, usualmente tres temas aparecen en las primeras posiciones: inseguridad, corrupción y desempleo. Desde el punto de vista de las mediciones objetivas y de las percepciones, la respuesta –que coincide con lo que dicen los sondeos en Colombia– está justificada.

Sin embargo, hay académicos que agregarían un elemento más, que es a la vez causa y efecto de los retos mencionados y de unos cuantos más. Se trata de la confianza, que la Real Academia define como “esperanza firme que se tiene de alguien o de algo”.

Según un análisis reciente de un especialista del Banco Interamericano de Desarrollo, tenemos un problema serio de creer en los demás o en las instituciones que nos gobiernan. De acuerdo con un sondeo de Latinobarómetro, que mide opiniones en una veintena de países, nos comparamos mal con otros.

Por ejemplo, ante la pregunta sobre la desconfianza que le inspira a un ciudadano la gente que habita en su misma comunidad, el 11 por ciento de los canadienses responde afirmativamente. En contraste, esa proporción sube a 63 por ciento en Brasil, a 43 en México y a 37 por ciento en Colombia. Aparte de una serie de naciones del caribe inglés que muestran de manera ampliamente mayoritaria tener fe en sus semejantes, tan solo Uruguay y Argentina se acercan al 20 por ciento de Estados Unidos.

Semejante circunstancia es más notoria aun en asuntos relacionados con la vida privada y pública. Ante la solicitud de emitir una nota con un máximo teórico de cuatro puntos, la confianza en la familia recibió 3,4 en el promedio regional; la general en la sociedad 2,4, y la puesta en los políticos 1,9 puntos. En cuanto a los partidos, el 64 por ciento de los chilenos no les cree, al igual que el 59 por ciento de los colombianos. Esa proporción para los canadienses es del 24 por ciento.

Todo lo anterior tiene implicaciones desde el punto de vista de la economía, pues el ánimo para acometer reformas o asumir sacrificios es mucho menor aquí. La impresión de que en cualquier propuesta de cambio o anuncio oficial hay gato encerrado, lleva a que concretar cambios resulte mucho más difícil.

Esa realidad se estrella con expectativas al alza y una buena dosis de impaciencia que se deriva del crecimiento de la clase media en América Latina. Sobre el papel, la gente desea educación de calidad, buenos servicios de salud, avances sustanciales en el clima de seguridad, protección del medio ambiente, mejor infraestructura y progresos en la movilidad, sobre todo en las zonas urbanas.

Además, las investigaciones muestran que hay una preferencia por los beneficios tangibles e inmediatos. De tal manera, frente a la promesa de una enseñanza de mayor calidad que toma años en concretarse, suena más atractivo recibir un estipendio o un subsidio directo. A su manera, aquí opera el refrán según el cual ‘más vale pájaro en mano…’.

Aun así, el público se declara reacio a pagar la cuenta, algo que en cualquier sociedad en donde los asuntos presupuestales se manejen con una mínima dosis de responsabilidad, opera. La falta de confianza en las instituciones explica la reticencia a que se suban los impuestos, con lo cual se presenta un evidente desequilibrio entre aspiraciones y obligaciones, aparte de problemas para asignar las cargas de manera equitativa.

En consecuencia, existe un círculo vicioso que se vuelve un obstáculo para el desarrollo. Cómo lograr que la población de un país crea que las cosas se están haciendo bien y no considere al Estado un estorbo o una suma de entidades que no sirven, es el gran acertijo que sigue pendiente de resolverse en la región, en general, y en Colombia, en particular.

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