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Ricardo Ávila
Editorial

Crecimiento: no hay de otra

Lograr que la economía ande más rápido en los años que vienen, obliga a impulsar la productividad, nuestra gran asignatura pendiente.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
POR:
Ricardo Ávila
mayo 06 de 2018
2018-05-06 05:29 p.m.
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Cuando tras la más reciente sesión de la junta directiva del Banco de la República se informó que el equipo técnico de la entidad no solo ratificaba su proyección de 2,7 por ciento de crecimiento para la economía colombiana este año, sino que para el 2019 lo elevaba en un punto porcentual adicional, más de un analista reaccionó sorprendido. El motivo es que así los vientos de la reactivación estén soplando, nada hace pensar que las ráfagas serán más intensas pronto.

Si los pronósticos del Emisor se cumplen o no, es algo que solo se sabrá en su momento. Mientras tanto, los académicos señalan que el ritmo de aumento potencial del Producto Interno Bruto es apenas del 3,5 por ciento anual y que para finales de la próxima década bajaría hacia el 3 por ciento. Así lo afirma un documento escrito por Hernando José Gómez y Laura Juliana Higuera, publicado recientemente por Fedesarrollo.

Lo anterior quiere decir que si seguimos tal como estamos, la velocidad del progreso económico será mediocre. A ese paso nos tomaría cerca de un cuarto de siglo duplicar el tamaño del PIB, con lo cual difícilmente lograremos cerrar la brecha que nos separa de sociedades más desarrolladas. Más inquietante todavía es que la consolidación de los avances logrados en materia de reducción de la pobreza o expansión de la clase media se vuelve más difícil.

Ante semejante perspectiva, sería lógico imaginar que el asunto ha surgido en repetidas oportunidades en la campaña presidencial. Y aunque todos los postulantes se comprometen con tasas de crecimiento mucho más elevadas que las actuales, a la hora de explicar los detalles hay más vaguedad y lugares comunes, que recetas precisas.

No se trata de encontrar fórmulas mágicas. Desde hace tiempo el Consejo Privado de Competitividad hace un completo diagnóstico que ayuda a entender por qué andamos menos rápido que otras sociedades, el cual complementa con una amplia lista de correctivos. El trabajo de Gómez e Higuera también pone los puntos sobre las íes al mencionar tareas que son claves para impulsar la productividad, que es nuestra gran asignatura pendiente.

El problema es que el tratamiento implica no solo mejorar ciertas conductas, sino también sacrificios o ajustes que son inconvenientes a la hora de buscar votos. En abstracto, los ciudadanos desean un crecimiento económico mayor y se entusiasman cuando se les habla de menores impuestos o del círculo virtuoso que empezaría a girar si suben los índices de confianza en empresas o consumidores. Pero pocos aceptan que hay que quitar los palos en la rueda, los cuales incluyen acabar con políticas a veces bien intencionadas, pero que hacen más daño que bien.

Eliminar obstáculos abarca privilegios de vieja data que llevan a la inadecuada provisión de bienes públicos, rigideces en los mercados o aspectos regulatorios inconvenientes. Un ejemplo son los gastos estatales que se hacen en el sector agropecuario, que no se destinan a obras de interés general como vías de acceso decentes, semillas mejoradas o distritos de riego, sino a beneficios particulares a través de subsidios. Ese esquema, combinado con una política arancelaria que protege a ciertos productores, hace menos urgente la búsqueda de mayores rendimientos.

Conseguir avances en productividad es algo que no se logra de la noche a la mañana, e implica costos en popularidad, pero quien se instale en la Casa de Nariño el próximo 7 de agosto debe saber que cruzarse de brazos solo le asegurará resultados económicos mediocres. En el pasado, las bonanzas de precios de productos básicos o la demografía nos dieron una mano, pero ahora los éxitos hay que ganárselos a pulso. Y eso obliga a pensar en el crecimiento, que no vendrá por generación espontánea. Lo demás, son promesas de campaña.

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