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Ricardo Ávila
Editorial

Después de la emergencia

Mientras la crisis que creó Hidroituango queda atrás gradualmente, el país debe analizar con cabeza fría el futuro de su sector eléctrico.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
POR:
Ricardo Ávila
mayo 22 de 2018
2018-05-22 07:37 p.m.
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Haber alcanzado la anhelada cota 410, cuya construcción demandó el esfuerzo de miles de trabajadores que asumieron riesgos para hacer viable el proyecto hidroeléctrico de Ituango, aumenta las esperanzas de que la emergencia que tuvo a Colombia en vilo esté en vía de solución. La posibilidad de que las aguas del Cauca salgan por el vertedero permite que se comiencen a explorar soluciones definitivas que permitirán el retorno a la normalidad en las comunidades ribereñas, mientras empieza la ardua labor de evaluar los daños y redefinir cronogramas con miras a concluir la iniciativa.

A juzgar por el agua que todavía pasa por la casa de máquinas, habrá que esperar varias semanas antes de tener un buen veredicto. Por tal razón, cualquier juicio que se emita ahora no cuenta con fundamentos, pues nadie posee la información requerida para dar un diagnóstico positivo.

Aun así, quienes saben de estos temas entienden que existe margen de maniobra. Los modelos muestran que el país cuenta con un parque energético que facilitará el cubrimiento de la demanda hasta el 2022, aunque es posible que si se presenta un fenómeno del Niño a finales del 2021 se requiera importar electricidad del Ecuador.

No obstante, si se quiere evitar la jaqueca de un racionamiento, hay que mirar el futuro con cabeza fría. Cualquier análisis serio lleva a la conclusión de que la capacidad instalada actual precisa ser expandida, lo cual exige una senda que combine diferentes fuentes.

A este respecto, Colombia está en una posición privilegiada. El abanico de opciones es amplio y el potencial de generación, enorme. Hay el equivalente de 56 gigavatios en hidroeléctricas sin embalse, 40 más en hidroeléctricas con embalse, 32 adicionales en proyectos eólicos, 33 en solar y 14 de biomasa. Además, están nuestras inmensas reservas de carbón y el gas que existe en el lecho marino de la zona Caribe.

Puesto de otra manera, no habría por qué inquietarse. Tanto la actual como las próximas generaciones tendrían un suministro adecuado de electricidad, basado en fuentes renovables, si se toman las decisiones correctas y los desarrollos se hacen de manera secuencial y oportuna.

No obstante, hay un peligro evidente. Este consiste en que el activismo se tome un sector que requiere decisiones basadas en conceptos técnicos y no políticos o emocionales. Como sucede tras las emergencias, la relacionada con Hidroituango ha dado pie a verdades a medias que pueden llevar a cometer errores garrafales.

El primero es cerrarle la puerta a la generación con base en agua. El complejo manejo de las comunidades y el cumplimiento de las regulaciones ambientales le han quitado lustre a una alternativa que hoy en día nos permite contar con electricidad limpia, pero así la vara esté más elevada no hay que desecharla.

Vale la pena recordar que lo mejor que se puede hacer es distribuir el riesgo. En materia energética eso quiere decir que habrá que seguir usando el agua, al igual que las plantas térmicas. Una opción es concentrarse en microcentrales que aprovechen el caudal de ciertos ríos y no demanden presas, junto con la posibilidad de usar la tecnología para evitar las emisiones de gases que ocasionan el efecto invernadero, cuando se quemen combustibles fósiles.

Y si bien el sol y el viento pueden transformarse en kilovatios, estas opciones son intermitentes y exigen respaldo para hacer el sistema confiable. Vendrán avances, pero adoptarlos será un proceso gradual en el cual las tarifas que deba pagar el usuario no pueden ser un elemento menor.

Por tal razón, la crisis de estos últimos días debe ser una oportunidad para reflexionar, aprender y mirar hacia adelante. Hacer promesas populistas o reaccionar a las carreras llevaría a determinaciones que nos pueden salir caras.

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