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Ricardo Ávila
Editorial

Que prime la cabeza fría

La propuesta que cambia el diseño de la reserva Van der Hammen merece un análisis desapasionado en el que prevalezcan los intereses de los bogotanos.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
POR:
Ricardo Ávila
abril 03 de 2018
2018-04-03 08:42 p.m.
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Pocos temas han generado tanta polémica en la opinión bogotana como los planteamientos expresados por el alcalde Enrique Peñalosa sobre la reserva forestal Thomas Van der Hammen, bautizada en honor del científico colombo-holandés que dedicó años de estudio a la Sabana. El área, de 1.396 hectáreas de extensión, busca crear un bosque urbano en el norte de la capital, cuya urbanización avanza de forma acelerada.

En una ciudadanía que cada vez es más sensible a los temas relacionados con el medioambiente, son muchos los que creen que tratar de meterle mano al asunto es poco menos que una herejía. Así quedó demostrado hace un par de días cuando el Palacio Liévano radicó ante la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR), una propuesta que cambia el diseño de la reserva. En cuestión de horas, las redes sociales se llenaron de improperios en contra del burgomaestre.

No obstante, sería deseable que el debate se diera en un plano más elevado. Una mirada más detallada a la iniciativa de la Alcaldía muestra que esta tiene méritos que no son en absoluto despreciables, con la ventaja de que hace realizable algo que en su versión original no es más que una quimera.

Y es que en contra del imaginario popular, solo una porción minoritaria de la Van der Hammen conserva su vegetación nativa. Devolver el área a su estado original implicaría la compra de predios en un lugar en donde el metro cuadrado tiene una alta valorización, para no hablar de las inversiones adicionales que serían necesarias.

Al respecto, no faltará quien señale que la defensa de lo verde no tiene precio, pero la verdad monda y lironda es que nada está presupuestado y las finanzas de la ciudad no cuentan con espacio para el giro de cientos de miles de millones de pesos. Debido a ello, el mayor riesgo es que la idea se quede en el papel, mientras la realidad va por otra parte. Y esta incluye construcciones de diverso tipo y usos que van desde colegios hasta parqueaderos.

En contraste, el proyecto de restauración que impulsa Peñalosa es realizable y muestra una ganancia neta que no es menor. Según la administración capitalina, el área destinada a protección ambiental pasaría de 634 a 1.104 hectáreas y la total llegaría a 1.710 hectáreas. Aparte de lo anterior habría una mejor conexión de los cerros con las fuentes de agua y una distribución espacial más apropiada.

Tampoco es despreciable el argumento de que la zona sería de acceso público, con espacios de recreación y ciclovías. Que se cree una especie de terreno verde que en conjunto equivale a quince veces el Parque Simón Bolívar –el más emblemático de la ciudad– es algo que significaría un avance frente a las condiciones actuales.

Otro elemento que vale la pena tener en cuenta es el de la movilidad. Sustituir parte de la reserva actual para poder hacer desarrollos viales que son indispensables para descongestionar una urbe embotellada, se traduciría en el ahorro de miles de horas productivas anuales y de menor contaminación de gases.

Y está, claro, el tema del dinero. El modelo propuesto implica que el sector privado paga la mayoría de la cuenta a cambio de poder edificar, aumentando, de paso, la oferta de vivienda en una metrópoli que seguirá expandiéndose, así algunos desearan que no fuera así.

Tal vez ese planteamiento es el más atractivo de todos. La falta de tierra y de buenas reglas de juego está ocasionando que los municipios aledaños a Bogotá se llenen de edificios, sin contar necesariamente con la infraestructura adecuada. Esta iniciativa, que debe ser analizada con cabeza fría y desprovista de elementos políticos, representa un salto cualitativo que merece toda la consideración del caso.

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