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Ricardo Ávila
Editorial

Un caso de debilidad

Para el Fondo Monetario, hay una desaceleración en marcha que se siente con fuerza en América Latina, con excepción de Colombia y unos pocos.

Ricardo Ávila
Exdirector de Portafolio
POR:
Ricardo Ávila
abril 09 de 2019
2019-04-09 09:10 p.m.
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Lo que hace un año era euforia, ahora es preocupación. Así podría resumirse el sentimiento imperante entre los expertos, cuando la capital de Estados Unidos comienza a recibir a los ministros de Hacienda y banqueros centrales de la mayoría de los 189 países que forman parte de del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, quienes estarán presentes en las llamadas ‘reuniones de primavera’. Aunque la cita más relevante es la de octubre, es tradicional esta escala intermedia en la cual se le pasa revista a la marcha de la economía global.

El parte no es tranquilizador. La razón es que ha tenido lugar un frenazo importante en meses recientes, que se expresa en una tasa de crecimiento del 3,3 por ciento para el planeta en el 2019, según el FMI, dos décimas menos que el cálculo hecho en enero y tres por debajo del año pasado. La cifra, mirada en un contexto histórico, todavía alcanza a calificar como aceptable, pero en la mayoría de las latitudes se nota una ralentización.

Los motivos de lo ocurrido son varios e incluyen las tensiones comerciales creadas por Donald Trump, especialmente con China. A la lista se agregan los fuertes tropiezos experimentados por Turquía y Argentina, junto al bache que atraviesa la industria automotriz en Alemania. El alza en las tasas de interés en el mundo tiene una cuota de responsabilidad importante, pues eleva el costo del endeudamiento, que otra vez alcanza nuevos máximos.

Aun así, la esperanza de un mañana mejor se mantiene. La posibilidad de que Washington y Pekín logren llegar a un acuerdo que permita desmontar las barreras arancelarias de uno y otro lado, es grande. Por su parte, los bancos centrales más importantes decidieron hacer una pausa en su política de apretar las tuercas, lo cual envía un mensaje de estabilidad que cae bien en los mercados.

Todo esto parte del supuesto de que no habrá sorpresas, como una ofensiva de la Casa Blanca en contra de los exportadores europeos de automóviles. Tampoco hay que descartar que el novelón del brexit concluya con un mal desenlace, que ocasionaría sismos a ambos lados del Canal de la Mancha, para no hablar de un deterioro del clima de seguridad en zonas como el Medio Oriente o Asia.

Más que hacer cábalas, el mensaje de fondo es que el margen de maniobra es reducido. En caso de un evento catastrófico, no quedan muchos ases en la manga para apuntalar la demanda interna de las naciones más grandes o actuar de manera coordinada, sobre todo en estos tiempos en los que el unilateralismo está en boga. Debido a ello, el Fondo Monetario insiste en que cada país debe hacer la tarea con el propósito de “estimular el producto potencial, mejorar la inclusividad y afianzar la resiliencia”.

Dicho consejo parece estar dirigido a América Latina, cuyo desempeño no será, ni mucho menos, estelar. Si hace tres meses la entidad multilateral creía que el crecimiento de la región sería de 2 por ciento este año, ahora esa apuesta es del 1,4 por ciento. Dicha tasa está por debajo de la de África subsahariana y tan solo supera a la parte más atrasada de Europa.

Y es que no hay un solo culpable. Las proyecciones que se hacen para Brasil y México son menores en cerca de medio punto porcentual, mientras que Argentina no parece que saldrá de la recesión. Mención aparte merece Venezuela, en donde la debacle se va a profundizar, pues la caída de su PIB sería de 25 por ciento en el 2019, junto a una inflación de diez millones por ciento.

En ese contexto, Colombia no se ve tan mal, pues el pronóstico de 3,5 por ciento que hace el FMI superaría el promedio latinoamericano y global. Sin embargo, ese contraste sirve de poco consuelo para una sociedad que requiere de una economía más vigorosa, más allá de que el mundo pase por una época de mayor debilidad.

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