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Ricardo Ávila
Editorial

Una espada de doble filo

Las promesas populistas formarán parte de las razones que expliquen el triunfo de quien gane el domingo, pero los peligros que implican son grandes.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
POR:
Ricardo Ávila
junio 11 de 2018
2018-06-11 05:59 p.m.
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Comenzó la cuenta regresiva con miras a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales que tendrán lugar el próximo domingo. En la medida en que corren las horas, tanto la campaña de Iván Duque como la de Gustavo Petro tratan de sumar adiciones con el fin de presentarse a los votantes indecisos como la que más garantías otorga frente a las promesas comunes de un país con mayor prosperidad para todos.

Que las ofertas de arreglar lo que no funciona son propias de cualquier competencia democrática, es conocido. Nadie llega al primer cargo de la nación asegurándoles a sus partidarios mayores penurias y sacrificios. Así como se vale soñar, también se vale pintar un futuro mejor, de oportunidades al alcance de cualquiera, independientemente del nivel de ingreso, región en que se habite o color de piel.

No obstante, los conocedores señalan que nunca antes se había visto una dosis de populismo igual a la de ahora. Cualquier problema, por complejo que sea, parece fácil de resolver por cuenta de cambiar varias leyes y especialmente redistribuir las partidas del presupuesto nacional, recortar el despilfarro y acabar con la corrupción. Hablar de subir impuestos equivale a perder apoyo en las urnas, pero en lugar de silencio para pasar discretamente ‘de agache’, lo que se escucha es que la carga tributaria va a disminuir, sin que ello impida cumplir con un programa de gobierno que abunda en gastos.

Más allá de entrar a hacer una lista de los compromisos más difícil de honrar por parte de los dos finalistas, vale la pena señalar que el peligro que entraña lo que se dice, es de doble filo. Para quien gane, el dolor de cabeza es aceptar que el margen de maniobra fiscal es mínimo, por no decir inexistente. Aun si los mayores precios del petróleo sirven para que los ingresos públicos aumenten, el dilema de quien se ponga la banda presidencial no es si va a llegar al Congreso con una propuesta para subir los recaudos, sino cuándo lo hará.

Hasta hace pocos meses se veía imperativa una nueva reforma tributaria el próximo semestre. Tanto la eliminación de una serie de gravámenes como la senda de reducción del déficit público de acuerdo con la regla fiscal, hacían obligatoria la búsqueda de recursos de manera urgente. Ahora es probable que con un apretón del cinturón logremos cumplir las metas del 2018, a menos que sean ignoradas de frente y deseemos exponernos a perder el grado de inversión en los títulos de deuda, otorgado por las firmas calificadoras de riesgo.

No obstante, bajo el supuesto de que la ortodoxia se va a mantener, los expertos en estas materias aseguran que es mejor usar la época de la luna de miel con la opinión para sacar adelante todo lo impopular. De lo contrario, esperar otro año haría todo más difícil en lo que corresponde al respaldo parlamentario. Hacer la cirugía más temprano que tarde ayudaría, además, a que el enfermo se recupere con mayor rapidez y recoger los frutos de esa mejoría a tiempo, con miras a los comicios del 2022.

Sin embargo, la diferencia es que desde el propio Capitolio estarán quienes integraron la fórmula perdedora y ellos se encargarán de recordarle a la opinión que quien les ganó la partida incumplió las promesas de campaña. Con mayor o menor grado de éxito, son previsibles llamados a la movilización popular, totalmente factibles en un país en donde la agitación social se ha vuelto el pan de cada día.

Y la camisa de fuerza del populismo no estará restringida a los impuestos. Modificar el esquema de pensiones o meterse con la educación, la salud o la justicia –entre otros asuntos urgentes– será respondido con la misma moneda. Por tal motivo, las aguas turbulentas serán la norma y no la excepción, a lo largo del próximo cuatrienio.

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