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Ricardo Ávila
Editorial

Una tragedia que sigue

Parecía que la dura crisis de Venezuela no podía ser peor, pero el 2017 demostró que el chavismo empobreció aún más al país vecino.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
POR:
Ricardo Ávila
diciembre 21 de 2017
2017-12-21 09:07 p.m.
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A pocos días de que termine el 2017, se imponen los balances sobre el año que termina y las lecciones que este deja. Ese ejercicio es importante, pues sirve para alimentar la esperanza de que un cambio para mejor es posible, sobre todo en una América Latina que comienza a dejar la recesión de mediados de la década y experimenta una leve recuperación en el campo económico.

Sin embargo, hay un lugar del hemisferio en donde el anhelo de una evolución positiva volvió a posponerse. Se trata de Venezuela, en donde tristemente se reeditó aquella máxima según la cual toda situación, por mala que sea, es susceptible de empeorar.

Y es que la lista de los males que aquejan a la nación vecina aumenta. El que otrora fuera un lugar de oportunidades, con uno de los ingresos por habitante más elevados del hemisferio, es hoy sinónimo de crisis y desesperanza, desde cualquier ángulo.

Si es usa el prisma económico, el panorama es desolador. Según un reciente cálculo de la Cepal, el producto interno bruto de Venezuela experimentará una contracción del 9,5 por ciento este año, mientras que para el próximo la proyección habla de una caída del 5,5 por ciento. Por su parte, la inflación habría llegado al 2.000 por ciento en el 2017, una de las más elevadas del mundo.

El motivo de tan apabullantes cifras es el desastroso manejo de la administración de Nicolás Maduro, que trata de tapar el sol con las manos. En lugar de reconocer que el aparato estatal está quebrado, la solución de Caracas es imprimir billetes con los que pretende encubrir un déficit galopante. El círculo vicioso de dinero circulante, controles de precios inefectivos y reajustes del salario mínimo, hacen que la espiral aumente su ritmo, empobreciendo a millones de hogares.

Como si lo anterior no fuera suficiente, la escasez de divisas llevó al régimen chavista a incumplir los pagos de su deuda, con lo cual se abre un horizonte de demandas que puede complicar más las cosas. El motivo es que los activos de Pdvsa, la petrolera estatal, podrían ser impugnados, una eventualidad aterradora para un país que importa la mayoría de la comida que consume.

Si bien, por ahora, hay una especie de calma chicha, nada hace pensar que exista un alivio a la vista. Cada vez son más los informes que documentan la que es una verdadera crisis humanitaria, que se expresa en un incremento sustancial de las tasas de mortalidad, especialmente en los niños. La ausencia de comida y de medicinas elementales golpea, ante todo, a los grupos más vulnerables de la población, comenzando con los más jóvenes.

La respuesta de cientos de miles de venezolanos ha sido la de emigrar a otras latitudes, ya sea a lo largo y ancho del hemisferio americano o hacia otros continentes. Tan solo en Colombia, las estadísticas oficiales hablan de medio millón de ciudadanos nacidos en el país vecino que cruzaron la frontera, en muchos casos para engrosar las filas de la informalidad.

Ante semejante debacle, a la cual hay que agregar una inseguridad asfixiante y el irrespeto continuo a los derechos humanos, cualquier observador desprevenido podría pensar que el régimen chavista tiene los días contados. Por increíble que parezca, ese no es el caso, pues Maduro ha conseguido fragmentar a la oposición, después de que hace unos meses las protestas ciudadanas alentaron la ilusión de que una renovación era inminente.

No obstante, pocas capitales ponen en duda que el gobierno bolivariano es una dictadura de facto. Las sanciones impuestas por Estados Unidos y la Unión Europea han tenido pocos efectos, pero al menos sirven para recordar que la comunidad internacional no está cruzada de brazos frente a una realidad que se hizo todavía más intolerable en el 2017, y que merece cambiar en el 2018.

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