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Juan Lucas Restrepo Ibiza
columnista

La dieta planetaria

La discusión apenas comienza, y desde ya se pueden prever sus dificultades desde la política y los grandes intereses económicos.

Juan Lucas Restrepo Ibiza
POR:
Juan Lucas Restrepo Ibiza
marzo 18 de 2019
2019-03-18 08:27 p.m.
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Me fascina comer. Enfrentarse a un plato con alimentos variados y bien preparados es un privilegio y cada vez más, una enorme responsabilidad: no solo en relación a las decisiones que tomamos frente a nuestra salud cuando nos alimentamos, sino con la sociedad y la sostenibilidad planetaria.

Hasta hace muy poco, las políticas y directrices sobre la alimentación se venían definiendo desde distintos silos desconectados. Los nutricionistas por un lado, los agricultores por otro, los ambientalistas en su cuento y los médicos en el de ellos. Pero eso está cambiando en la medida en que, a los retos globales tradicionales como la desnutrición, se vienen sumando los de la obesidad y la mala alimentación; que el cambio climático golpea cada vez más a más personas (sobre todo a los más pobres); y también en la medida en que la presión sobre los recursos naturales va llegando a niveles insostenibles, o que a los agricultores les cuesta más sostener un modo de vida digno y seguro. Por esto, se vienen gestando espacios de discusión técnicos y políticos que convergen en nuestros platos de comida.

Precisamente, hace unos días en Bogotá se presentaron los principales hallazgos y recomendaciones de la ‘Comisión Lancet’, un grupo de 37 científicos que, desde distintas disciplinas, desarrolló la primera propuesta hacia una dieta planetaria. Esta permitiría que las personas tengan una alimentación saludable, pero también que el planeta pueda producir sus alimentos de manera sostenible para poder alimentar 10 billones de personas al 2050, salvaguardar recursos naturales y mitigar el cambio climático. Vale la pena aclarar que comer saludable no garantiza necesariamente la sostenibilidad y que producir alimentos de forma sostenible no asegura, necesariamente, una dieta saludable. El estudio identificó escenarios virtuosos ‘gana-gana’.

Los alimentos particulares que hacen parte de la dieta varían regionalmente considerando elementos culturales, las disponibilidades relativas de distintos productos agropecuarios y los retos de las diversas regiones frente sus hábitos actuales. De manera agregada, el estudio concluye que un plato de comida debería estar compuesto por una mitad de vegetales y frutas y la otra de granos, proteínas de origen vegetal, aceites no saturados y opcionalmente algunas raciones moderadas de productos de origen animal.

La dieta global propuesta indica que hoy se produce más carne bovina y ovinocaprina de la necesaria (aunque hay aún quienes no tienen suficiente acceso a ella y otros que la consumen en exceso). Igual ocurre con algunos vegetales ricos en almidón, como las papas, y con los huevos. En términos de carnes de ave y pescado, todavía hay un espacio productivo moderado para cumplir con las necesidades de la dieta al 2050, y se requiere incrementar significativamente la producción de nueces, frutas, lácteos, vegetales y granos.

El informe también aporta pautas sobre un rebalanceo necesario en la aplicación de fertilizantes (principalmente de nitrógeno y fósforo), el uso más eficiente de los recursos hídricos, evitar la pérdida acelerada de la agrobiodiversidad y promover cambios en prácticas productivas que mejoren el balance de carbono.

La discusión apenas comienza, y desde ya se pueden prever sus dificultades desde la política, las tradiciones culturales y los grandes intereses económicos. Pero, como todo cambio necesario, es mejor enfrentarlo con la mayor objetividad posible que ignorarlo y meter la cabeza en un hueco como un avestruz.

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