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Mario Hernández Zambrano

Seguir los mejores ejemplos

El País Vasco es un modelo que merece ser tenido como referencia.

Mario Hernández Zambrano
POR:
Mario Hernández Zambrano
abril 14 de 2019
2019-04-14 04:07 p.m.
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Los expertos llaman benchmarking a la práctica empresarial de tomar como referencia a los mejores y adaptar sus métodos y sus estrategias, en un claro reconocimiento de que la gracia no está en ‘descubrir la rueda’, sino aprovechar la experiencia de otros, utilizando eficientemente los recursos que, generalmente, son escasos.

Pero no solo se aplica a las empresas y negocios particulares, sino que es válido para los agentes económicos y sociales que tienen como objetivo ofrecer mejor bienestar a los ciudadanos y una filosofía socialmente responsable: los gobiernos nacionales y locales, las asociaciones, las universidades y la clase política que, se supone, representa a esa población con distintos intereses y expectativas.

¿A qué va todo esto? Promovida por la Universidad Javeriana, bajo la tutela del padre Luis F. Álvarez –promotor del Centro de Competitividad–, un grupo de empresarios y dirigentes privados, tuvimos la enriquecedora experiencia de conocer lo que está haciendo el País Vasco, al norte España, en la frontera con Francia más allá de su idea política de autonomía, concepto muy arraigado en su historia y que ahora pretende seguir, con variantes, Cataluña.

Es un país pequeño (7.300 km, equivalente a la tercera parte del Huila, pero con un nivel de ingreso per cápita cercano a 35.000 euros para sus cerca de tres millones de habitantes en las cuatro provincias. Sin profundizar tanto, se observan unos valores que no es fácil encontrar en cualquier parte, aunque con la aclaración de que toda su idea de autonomía frente a España les infunde a sus ciudadanos un espíritu de lucha agrandada y el reto de demostrar que son capaces.

La revolución industrial francesa tuvo en esa región una gran influencia. La riqueza de sus minas de hierro y la pureza de su mineral atrajeron a inversores ingleses que explotaron las minas de hierro para llevar el mineral a Inglaterra, y luego montaron las plantas siderúrgicas en la zona (en Vizcaya y Guipúzcoa) para obtener acero y para construir bicicletas, armas, ferrocarriles maquinarias y barcos.

Hoy, sigue siendo un país con gran vocación industrial, que representa alrededor del 40% de su PIB, lo que para muchos parecería un contrasentido en la historia. Sin embargo, existe conciencia generalizada del gobierno, empresarios y universidades de que solo teniendo una gran transformación productiva se logrará competir con los gigantes de Asia, la amenaza del mundo. Y lo están logrando; en otras palabras, tienen claridad para dónde van.

Contrario a lo que nos ocurre aquí en el trópico, en donde las etapas de formulación y discusión de los problemas no son desconocidas, pero la ejecución se concreta, sin dilaciones, en la realidad. Allá, hace rato dejaron atrás la idea de los clústers, pero aquí todavía discutimos.

Sorprende también la gran capacidad y conciencia de que el trabajo se hace entre todos: gobierno regional, empresas y universidades. Es la única manera de estimular el crecimiento por la vía de la innovación, que tiene en el desarrollo del talento una fuente de inspiración y concreción. Existe una gran voluntad de todos para salir adelante, y lo que es más importante, en equipo. Las discusiones se dan en función de ese objetivo social, por encima de los intereses particulares. Incluso las potentes cooperativas no tienen el recato precario de esconder sus excedentes, no les da pena hablar de utilidades, pues lo importante está en la manera como se distribuyen.

El País Vasco es un ejemplo que merece ser tenido como referencia. No se trata de copiarlo, sino de lograr la fuerza de una sociedad organizada y consciente con la que se puede obtener mucho. Eso sí, sería aprender de las mejores prácticas, superando las discusiones ácidas en las que estamos metidos y que no nos dejan salir de este remolino.

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