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Amenaza existencial: el calentamiento global

La tierra no nos necesita, pero nosotros si!

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octubre 18 de 2019
2019-10-18 06:22 p.m.
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Cuando oímos el término de “amenaza existencial” en el contexto de la destrucción del medio ambiente, no nos ponemos a pensar qué significa realmente. Quiere decir que enfrentamos una amenaza real a nuestra existencia como especie en la tierra. Puesto de esta forma, la gente no cree que es real y que lo puede afectar a él directamente, y a sus hijos y nietos.

No es de sorprenderse, ya que nuestra generación ha vivido una fase de progreso, época en la cual las condiciones de vida han mejorado enormemente y la expectativa de vida se ha alargado en más de veinte años en el último siglo.

Desafortunadamente el progreso experimentado desde la Revolución Industrial no es, de ninguna manera, prueba de que enfrentaremos un futuro cada vez mejor o, al menos, benigno.

La idea del progreso continuo nos hace especialmente vulnerables a no estar dispuestos a hacer sacrificios hoy, a prepararnos para un futuro posiblemente catastrófico y a tomar medidas que requieren hacer sacrificios hoy para reducir la probabilidad de que se materialicen los peores escenarios.

Cuando los expertos nos dan la evidencia alarmante de la destrucción que los humanos estamos causando, como el hecho de que hoy hay la mitad de los animales salvajes que había en el planeta tan solo en 1970, y de que los bosques y los árboles más viejos están desapareciendo (Falter: Has the Human Game Begun to Play itself Out?, Bill McKibben, Holt, 2019), nos inclinamos al escepticismo y la indiferencia. Ni siquiera reaccionamos al llamado de líderes de la estatura moral del Papa Francisco, cuando señala en su Encíclica del 2015 “Que la tierra, nuestra casa, comienza a parecerse mas y mas a una inmensa pila de basura”!.

No hay conciencia de que el tamaño del planeta se ha comenzado a achicar como resultado de las enormes cantidades de combustibles fósiles –carbón, gas y petróleo– que hemos y seguimos quemando. La combustión de estos fósiles y los átomos de carbono que se liberan se combinan con el oxígeno y producen dióxido de carbono que atrapan el calor, que de otra manera se hubiera reflejado y enviado al espacio.

Hemos alterado el equilibrio energético del planeta que regulaba la cantidad de calor solar que se le devuelve al espacio.

Como lo señala McKibben en su pesimista libro (cuyo título se traduce como “desánimo”), el gran problema es la escala en que hemos venido incrementando el dióxido de carbono en la atmósfera, de 275 partes por millón a 400 partes por millón en el curso de 200 años y estamos montados en una trayectoria que los elevará a 700 partes por millón o más en las próximas décadas.

Para poner en perspectiva la cantidad de calor adicional que la tierra ha retenido, cortesía de las actividades humanas, equivale al calor de 400.000 bombas atómicas diarias del tamaño de la que se detonó en Hiroshima!

Esto gracias a que anualmente “escupimos” 40 billones de toneladas de dióxido de carbono.

La necesidad de tomar medidas inmediatas y algo dolorosas, pero menos que las que tendremos que tomar en el futuro si se mantienen las tendencias actuales, se ve obstaculizada por lo que los Economistas denominamos el problema de acción colectiva (“collective action problem”), que consiste en una situación en que todos estaríamos mejor si se decide cooperar, pero esto no ocurre por los conflictos de interés entre los diferentes grupos, resultando en una parálisis muy dañina que, al final del día, lleva a que todos estemos peor.

Ejemplos dramáticos de deshonestidad intelectual que han contribuido a demorar la adopción de políticas energéticas más racionales lo representan la negativa de la evidencia científica sobre el impacto del dióxido de carbono por parte de las compañías petroleras y algunos gobiernos.

Año tras año estamos batiendo los récords de calor, lo cual conduce a una mayor evaporación del agua y a dramáticos episodios de sequías e inundaciones, además de la expansión del volumen de agua en los mares (resultado de que el agua caliente tiene un volumen mayor que la fría) y al descongelamiento del hielo de los polos, resultando en un aumento promedio de 19 centímetros en el nivel del mar en el Siglo XX, con una alta probabilidad de un aumento de más del doble este siglo (“Rising Seas: Higher tide”, The Economist, Agosto 17, 2019) .

Ya hablaré, en otra entrega, de las consecuencias del calentamiento global sobre la seguridad alimentaria en vista de la reducción de los rendimientos de las cosechas de productos agropecuarios esenciales, particularmente los tres cereales claves (trigo, arroz y maíz).

Como anticipo, menciono que después de triplicarse la productividad de los cultivos de trigo en Australia entre 1900 y 1990, los rendimientos se han estancado como resultado directo del calentamiento global en un grado centígrado y una caída de un 30 por ciento en la pluviosidad.

Cómo pensar acerca del cambio climático? Debemos considerar los siguientes factores: (i) No al pensamiento lineal y a la extrapolación ingenua; (ii) Hay discontinuidades que se deben tener en cuenta que pueden llevar a “precipicios” catastróficos; (iii) hay factores irreversibles, que una vez hecho el daño no hay vuelta atrás; (iv) existen elementos que se refuerzan entre sí (feedback loops), que llevan a un efecto dominó con consecuencias impredecibles; y (v) Diferir la toma de medidas que buscan enfrentar los problemas ambientales y esperar soluciones mágicas no es procedente y solo llevan a tener costos mayores en el futuro, incluyendo poner en riesgo la viabilidad de la existencia humana en la tierra. La tierra no nos necesita, pero nosotros si!

Fernando Montes Negret
​Economista financiero.
fmontesnegret1@gmail.com

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