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Apego a la certeza

En época de campañas políticas se exacerba el discurso colonizador que desconoce la nobleza de la fragilidad argumentativa.

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mayo 03 de 2018
2018-05-03 08:58 p.m.
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No he leído a Saramago y siempre me he resistido a hacerlo. Me niego a penetrar en el universo de aquellos autores, novelas o gurús que se convierten en auge de librerías y la prensa. Lo mismo me pasó con otros escritores, como Gabo, a quien leí casi a escondidas de mí mismo. Una rebeldía intelectual, torpe y adolescente.

Sin embargo, hace poco me encontré una frase del autor portugués que me sorprendió: “He aprendido a no intentar convencer a nadie. El trabajo de convencer es una falta de respeto, es un intento de colonización del otro”.

En la historia del pensamiento, algunos autores han defendido el valor de la desconfianza a las grandes narrativas, a aquellas visiones del mundo que lo explican todo, que lo abarcan todo. Reivindican lo que llaman el pensamiento débil, que alude la tentación de creer tener la verdad, en nombre de la cual, con frecuencia, se asumen actitudes autoritarias. El pensamiento débil es un elogio al pudor intelectual, que reconoce la fragilidad de la razón y, por lo tanto, es cauto a la hora de pretender persuadir y ganar adeptos. Por eso me gustó la frase de Saramago.

En su libro Historia mínima de Colombia, Jorge Orlando Melo trae una cita fascinante de Fernández de Enciso, 1514, en la cual describe la forma como los españoles justificaron la conquista con razones religiosas. A partir de la bula del papa Alejandro, se otorgó a los reyes de Castilla y Aragón el territorio para que convirtieran a los indios al catolicismo y les dio autoridad temporal sobre sus territorios. Los indios reaccionaron diciendo que el “papa debiera estar borracho cuando lo hizo, pues daba lo que no era suyo, y que el rey que pedía y tomaba tal merced debía de ser algún loco pues pedía lo que era de otros”.
Es el relato sencillo de una gesta conquistadora en todo su esplendor, así como la reacción de quienes la sufrieron. Ejemplo puro de cómo algunas ideas y doctrinas terminan arrasando con la dignidad de las personas.

En época de campañas políticas se exacerba el discurso colonizador que desconoce la nobleza de la fragilidad argumentativa. Discursos que lo abarcan todo, lo resuelven todo, como si la solución estuviera en manos de quienes los pregonan por el simple hecho de enunciarlos. Y los electores terminamos metidos en ese juego, creyendo que de esa manera se modifica la realidad.

En el universo de las ideas y en la vida diaria ocurre algo parecido. Nos arrojamos en los brazos de quien nos dibuja una idea que explica todo lo que anhelamos y hacemos. Y abandonamos el recato y la modestia al momento de hablar con los demás, de suponer sus intenciones, y defender nuestros puntos de vista.

Nos aferramos a la certeza imaginada, para buscar tranquilidad interior. Argumentamos sin permitirnos la contradicción, como si fuera erróneo dudar. Y olvidamos que es la solidaridad humana, más que el conocimiento de la verdad, lo que realmente importa.

Jaime Bermúdez
Excanciller de Colombia

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