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Cultivar ‘el nosotros’

Siendo más humanidad el resultado de la actitud hacia la creación ‘del nosotros’, el papel de la educación deviene fundamental.

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abril 10 de 2019
2019-04-10 09:20 p.m.
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La semana anterior participé en un grato conversatorio alrededor de la pregunta: ¿qué cultivar para volver a la humanidad?, organizado por el Grupo Sofos y conformado por profesionales de distintas disciplinas –blandas y duras– interesados en propiciar espacios para la formación ciudadana a partir de la reflexión y el debate con perspectiva histórica.

Comparto con los lectores algunos elementos de la modesta aproximación que hice a la pregunta, desde mi afortunada experiencia como ‘intermediario social’, es decir, facilitador de iniciativas que han comportado como elemento central para apoyarlas, la creación de ambientes de más humanidad. Entendida como aquellos vínculos o relaciones que hacen posible la dignidad de las personas.

Las ciudades, como el escenario contemporáneo por excelencia de nuestra vida cotidiana, son los espacios donde se tejen distinto tipo de relaciones: con la naturaleza, económicas, políticas, sociales, emocionales y espirituales. Según sea la calidad de ellas, uno podría atreverse a calificar su grado de humanidad. Ilustrando esta aproximación, podríamos decir que una urbe con mayoría de trabajo decente, más equidad y acceso a los bienes públicos esenciales (justicia, salud, educación) a la ciudad misma (sus museos, teatros, espacios deportivos), con compromiso activo de todos frente al cuidado del ambiente y en general con integración social, será mejor calificada. En la base de alcanzar estas características, se encuentra el desarrollo en sus ciudadanos de lo que Marta Nausbaun denomina ‘la compasión’: el que los ‘otros’ son individuos que necesitan ser oídos y comprendidos; la capacidad de ponerse en los zapatos del otro.

Siendo, entonces, más humanidad el resultado de la actitud hacia la creación ‘del nosotros’, el papel de la educación deviene fundamental: la escuela como el gran pilar del vivir y del convivir. La que crea los hábitos existenciales para ser parte activa e integradora del territorio que habitamos. En esta perspectiva es que señalé el necesario compromiso para promover escuelas que sean:

1) Lugar de encuentro y reconocimiento con el otro. Que afianzan las relaciones y vínculos sociales y promueven apuestas colectivas de sus estudiantes.

2) Con ambientes educativos que favorecen la experiencia de lo humano, que facilitan la expresión de todos y el trabajo en equipo.

3) Con didácticas inclusivas y creativas, que acogen narrativas desde el reconocimiento de formas de pensamiento diversas y diferentes.

4) Con maestros humanistas: constructores de saber, pero al mismo tiempo de cultura. Permitiendo la sinergia de disciplinas que hagan de la escuela un lugar para la experiencia y la construcción de sentido.

5) Que en esencia, valoren la diversidad como patrimonio colectivo y promuevan visiones tranquilas de la diferencia y la generación de vínculos que reconocen lo emocional, lo ético y lo político como dimensiones insustituibles de los sujetos.

Lo resume Julio Rogero Anaya (en Aula de Innovación Educativa, No. 191), así:

“Una sociedad descuidada e insensible reproduce una escuela que solo presta atención a lo académico. Necesitamos una sociedad con una nueva cultura del cuidado y, por tanto, otra escuela más holística e integral, más atenta al cuidado mutuo como espacio privilegiado de producción del ‘nosotros’ que necesitan los procesos de humanización”.

Rafael Aubad López
Presidente Proantioquia

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