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Rodolfo Segovia S.
columnista

El cristal con que se mira

Quien sea objetivo debe estar contento con la vigorosa persecución de los corruptos, en todos los frentes, que adelanta el Fiscal General.

Rodolfo Segovia S.
POR:
Rodolfo Segovia S.
abril 19 de 2018
2018-04-19 08:17 p.m.
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En campaña electoral todo se ve mal, porque lo bueno rara vez gana votos. La estrategia es una injusticia con la realidad de Colombia. Y empeora, dado un gobierno en dificultades para encontrar materia que defender y que ni siquiera tiene candidato que defienda su mandato. Los medios, que salvo en los buenos resultados de la Selección poco encuentran para aplaudir, contribuyen a esconder el lento, pero seguro ascenso de Colombia en la última década. Las cifras frías lo demuestran.

Para alimentar el optimismo, se recomienda la lectura del último libro de Steven Pinker: Enlightment now. The Case for Reason, Science, Humanism, and Progress. El autor sostiene que a pesar de masacres con gases venenosos en Siria y otras perlas, la humanidad nunca ha estado tan bien. Y es cierto. Inventar que el capital genera más capital, hizo posible un creciente bienestar material, primero lentamente y hoy muy rápido. Cuando ese mecanismo no se aplica, se cae en la estagnación. Así anduvo la humanidad por siglos, así anda Cuba hoy, y así anduvo la Unión Soviética en su momento, y así destruye capital Venezuela.

El entendimiento del entorno humano, con la ayuda de la razón, liberó fuerzas de progreso con sus manchas. Y en la medida en que el hombre conoció mejor su entorno ha ido aprendiendo cómo usarlo bien. No todo, sin embargo, es acumulación. El humanismo occidental y, en especial, la racionalidad como actitud vital, recuperada por la Ilustración hace apenas 300 años, abrieron las puertas a que fuera cosa terrenal la felicidad de muchos. No fue factor único. La Iglesia, con su énfasis en la solidaridad, ha trillado caminos. Pero la Ilustración enseñó, ahuyentando pesimismos, que la humanidad es perfectible.

Colombia misma está lejos de ser irredenta, como proclaman algunos en la plaza pública. Casi todos los indicadores lo proclaman: porcentualmente menos pobres y menos pobres de solemnidad; más ricos y ricos más visibles, pero con paulatinos acortes en la distribución de la riqueza; menos territorios en guerra, a pesar del Eln y las llamadas disidencias se las Farc. La lista es larga y se podría seguir con la milagrosa labor del ministro Alejandro Gaviria: las EPS llevan años en crisis fiscal, pero la universalidad de la cobertura es innegable. Como también lo es la cobertura escolar, a pesar de Fecode y falencias en los contenidos. El que Colombia haya pasado de dos a tres libros leídos por año por habitante es refrescante. Muy bajo, claro, pero algo se está haciendo bien. Y es que las cosas buenas avanzan en milímetros, las tragedias en kilómetros.

En 1904 Colombia no jugaba. Hacer bebés y tomar chicha eran los pasatiempos. En el concierto universal era un no país, con escasas representaciones diplomáticas. Podía haber sido entonces todavía el país de don Sancho Jimeno, quien después de la tragedia de Cartagena en 1697 alcanzó a observar cómo el buen gobierno de Juan Díaz Pimienta (1699-1705) la sacaba de la postración. En el 2018, se goza, en cambio, de mucha libertad lúdica, que es el camino de la alegría de vivir.

La corrupción indigesta. Requiere antiácidos. Quien sea objetivo debe estar contento con la vigorosa persecución de los corruptos, en todos los frentes, que adelanta el Fiscal General. Se puede. Detrás de la justicia basta un núcleo de funcionarios honestos y empresarios rectos para que el país cambie. Ser optimista paga, mientras que acudir al populismo tergiversa la realidad mostrando solo el lado oscuro.

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