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Sergio Calderón Acevedo

Lo que está en juego

El abrupto cambio de discurso de Gustavo Petro en las últimas semanas es la señal de que quiso dejar de ser él mis- mo.

Sergio Calderón Acevedo
POR:
Sergio Calderón Acevedo
junio 11 de 2018
2018-06-11 06:09 p.m.
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Hace sesenta años se dio fin a la última dictadura militar en Colombia. Alberto Lleras Camargo fue el primer presidente del Frente Nacional, y desde entonces los colombianos hemos vivido en una democracia con muchos defectos, pero al fin una democracia con institucionalidad. Hasta hace poco, incluso, con plena separación de poderes, lo cual permitió sobrevivir etapas tan críticas como las guerras contra el narcotráfico y las guerras que contra los civiles emprendieron bandas criminales como el M-19, el Eln, el Epl, las Farc y otras de igual pelambre.

En estas seis décadas hemos vivido, en diferente grado, a pesar de los estados de excepción, con libertades individuales que sentimos como derechos inviolables. El sistema liberal que hasta ahora nos cobija, garantiza esas libertades y que ellas están amparadas por el principio de la legalidad. Es decir, que el administrador debe respetar la normatividad y no guiarse por su propia voluntad. Bueno, en teoría. Con el Plebiscito se demostró una ruptura de esa doctrina, y desde entonces la Constitución de 1991 pasó a ser un simple pedazo de papel.

Y como ahora todo vale, hay electores dispuestos a votar por un candidato que promete lo irrealizable o, incluso, lo que no va a hacer, sino todo lo contrario. Como cuando fue Alcalde Mayor de la capital.

¿Cómo sería una presidencia de Petro? Es inevitable la comparación, pero hay antecedentes. El exgolpista Hugo Chávez. Sí, para los ingenuos menores de 40 años, Chávez fue un coronel que en 1992 incumplió su juramento de lealtad a Venezuela y lideró un golpe fallido contra Carlos Andrés Pérez. Volvamos al tema. Chávez en 1998 decía a los cuatro vientos frases como estas: “no soy socialista”, “claro que Cuba es una dictadura”, “el nuestro es un proyecto humanista”, “soy un demócrata”, “no nacionalizaré medios. Los que tiene el Estado serán puestos al servicio de la educación”, “respetaremos la propiedad privada”, “solo gobernaré un periodo”.

Lo demás es historia. Su lenguaje cambió: “exprópiese”, nacionalícese”. En el 2011, Chávez dijo: “nunca nos iremos, gobernaré hasta 2031” Incluso dictaba órdenes de captura en sus discursos. Debe estar en el más allá intentando dar golpe a quien mande en el infierno.

Veinte años de una dictadura que se fue imponiendo lentamente. Veinte años de empobrecimiento, corrupción, narcotráfico, criminalidad, aislamiento, y compinchería con los peores regímenes del mundo, como Cuba, Nicaragua y otras tantas republiquetas que sufren bajo las banderas del ‘populismo humano’.

Volvamos a este lado de la frontera. El abrupto cambio de discurso de Gustavo Petro en las últimas semanas es la señal de que quiso dejar de ser él mismo, un par de días, para hacerse a la presa y empezar a entumecerla a partir del 7 de agosto. No, no es castrochavismo. No es la ‘Colombia Humana’. Es algo peor: es petrismo.

Es claro que Colombia necesita un cambio, y que debe ocurrir pronto, para que la economía arranque, para que disminuya la desigualdad, para que haya más oportunidades, menos exclusión y menos corrupción. Por eso el domingo debemos dar ese mandato a Iván Duque y a Marta Lucía Ramírez. No vote en blanco. Con ellos evitaremos que el populismo se apodere del Estado para nunca soltarlo.

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