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Tendencias

Frans de Waal: ‘Somos muy parecidos a los primates’

El biólogo habla sobre por qué distanciarnos de la naturaleza puede ser un error fatal.

Primates

Entre los descubrimientos de sus investigaciones se encuentra el hecho de que los primates son capaces de sentir emociones.

iStock

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Portafolio
marzo 15 de 2019 - 07:56 p.m.
2019-03-15

Hay un famoso experimento de psicología en el que dejan a varios niños en una habitación con un malvavisco delante de cada uno. Se les dice que, si esperan y no se comen el dulce de inmediato, se les dará otro. En promedio, los niños en edad preescolar resisten menos de 10 minutos.

¿Qué sucede si a los animales se les hace una prueba similar? Un grupo de chimpancés hizo más o menos lo mismo que los niños; algunos resistieron hasta 18 minutos. Incluso utilizaron las mismas tácticas que los niños, distrayéndose con juguetes. Mientras tanto, un loro gris africano logró resistir la tentación durante 15 minutos.

(La solidaridad es un valor que también practican los monos capuchinos: Estudio). 


Para Frans de Waal, esto sugiere que, si se puede decir que los humanos tienen libre albedrío, es probable que otras especies también. Los humanos no son “esclavos de sus emociones”, como tampoco lo son los animales. Los animales están conscientes de sus deseos y son capaces de resistirlos.

De Waal, un biólogo holandés-estadounidense, es uno de los principales expertos del mundo en comportamiento de primates. Durante siglos, filósofos y científicos intentaron construir muros entre el homo sapiens y nuestros parientes más cercanos. De Waal ha derribado esos muros en las últimas cuatro décadas. “Creo que los humanos son primates y mamíferos y no son fundamentalmente únicos”, me dice. “El lenguaje es la única capacidad que considero exclusivamente humana, y no es una capacidad trivial. Pero aparte de eso, en términos de nuestra vida psicosocial somos muy parecidos a los primates”.

El último libro de De Waal, ‘Mama’s Last Hug’ (El último abrazo de Mama), sostiene que varios atributos que se consideran exclusivamente humanos - la risa, la empatía, la planeación - no lo son en lo absoluto. Algunos monos incluso parecen tener un sentido de justicia que apenas se distingue del nuestro. El comportamiento moral, o sus fundamentos, probablemente precede a los humanos.

Esta idea tiene implicaciones radicales. Además, lleva a De Waal a despreciar al psicólogo Steven Pinker, quien ha descrito a los humanos como salvajes que han sido rescatados por la civilización, por “seleccionar lo que más le conviene” a él de la verdadera historia de nuestros orígenes. Potencialmente, va más allá y socava las religiones occidentales, la democracia y los sistemas legales, todo lo cual se basa en la idea de que los humanos son criaturas fundamentalmente superiores.

“Creo que es una posición muy peligrosa que hemos adoptado en el mundo occidental - que las religiones han fomentado - que somos una creación especial y que no tenemos las mismas conexiones con la naturaleza que todos los demás”, apunta De Waal, quien abandonó el catolicismo a los 17 años. El riesgo, alega, no es que antropomorficemos a los animales mediante películas sentimentales de Pixar y documentales de David Attenborough. Es que negamos nuestra similitud con ellos.

(Los gorilas son hábiles para usar herramientas, dicen científicos). 


‘Mama’s Last Hug’ recibe su nombre de un video en línea en el que una chimpancé de 59 años conocida como Mama se encuentra moribunda en un zoológico holandés, en una posición encorvada y totalmente indiferente a todo. Luego aparece su viejo amigo, un profesor llamado Jan van Hooff. Cuando Van Hooff comienza a hablar con Mama y la acaricia, ella se despierta gradualmente, muestra sus encías y sostiene la cabeza del profesor. La conexión emocional es obvia. Mama murió poco después de ese encuentro en 2016, pero el video sigue en YouTube y tiene más de 10 millones de vistas.

“Cuando salió el vídeo, la gente estaba muy sorprendida”, señala De Waal, quien disfrutó de una relación similar con Mama y visitaba su jaula nocturna en el zoológico de Burgers en Arnhem para tener charlas “íntimas”. “Me sorprendió. La gente no podía creer cuán humanas eran las expresiones y los gestos de Mama. Para nosotros, que trabajamos con estos animales, fue un comportamiento perfectamente normal. No había nada inusual en lo que ella hizo”.

Todo esto plantea la pregunta: ¿qué otros aspectos del comportamiento normal de los animales nos sorprenderían si prestáramos atención? Curiosamente para un hombre tan sintonizado con las emociones de los animales, De Waal, de 70 años de edad, no se detiene en su propia vida interior.

Él creció en los Países Bajos como hijo de un banquero. Después de obtener un doctorado en biología de la Universidad de Utrecht, estudió a los primates en el zoológico de Burgers con Van Hooff, quien en algún momento fue colaborador del zoólogo inglés Desmond Morris, autor de ‘El mono desnudo’ de 1967. De Waal pasó más de 10.000 horas observando a los chimpancés y, esencialmente, descubrió que se reconcilian después de pelearse.

Su primer libro, ‘La política de los chimpancés’ publicado en 1982, fue influenciado en parte por Maquiavelo, y contenía similitudes tan evidentes con las luchas humanas por el poder que Newt Gingrich, entonces presidente de la Cámara de Representantes, se lo recomendó a todos los miembros entrantes del Congreso.

(En Filipinas hay monos con tendencias suicidas). 


Gingrich creía que el libro mostraba cómo todos los animales, incluyendo los humanos, ocupaban “un mundo muy competitivo y desafiante, en todos los niveles”. Pero ésa era una comprensión parcial, porque De Waal también quería enfatizar otros aspectos de la naturaleza de los chimpancés.

Hacerlo requería ir contra la corriente científica de la época. “En las décadas de 1970 y 1980, sólo podíamos hablar de agresión, egoísmo y competencia”, asevera De Waal.
“Había bastante resistencia si decías que los animales podían mostrar empatía, cooperación o ayuda mutua. En cuanto decías: ‘Mi perro está celoso’, otros académicos decían: ‘Eso es antropomórfico’. Eso era el punto final, porque en cuanto asumías esaa postura, estabas equivocado”.

Era un “período muy oscuro”, agrega. El conductismo había estado en alza, con su principio de que los animales sólo sabían lo que se les había enseñado. “No se nos permitía hablar de la vida interior de los animales; no tenían cognición, inteligencia, ni emociones”.

La paradoja era que Charles Darwin había reconocido la vida emocional de los animales un siglo antes. Además, el público estaba un paso adelante de los académicos. “La mitad del mundo cree que hay continuidad entre los humanos y otras especies. Si le preguntas a alguien en la calle: ‘¿Los animales tienen emociones?’, la mayoría te dirá: ‘Sí, mi perro tiene emociones’. La mayor parte de la gente no tiene problemas con esa idea”, resalta De Waal.

En 1981, a la edad de 33 años, se mudó a EE. UU. - “Había un enorme desempleo en Países Bajos en entre quienes tenían un doctorado” - y comenzó a estudiar bonobos en la Universidad de Wisconsin-Madison. Descubrió que eran “hippies pacíficos” que, a diferencia de los chimpancés, usaban el sexo en lugar de la violencia para aplacar los conflictos. Eso tuvo implicaciones para nuestra comprensión de los humanos, porque los bonobos probablemente sean tan cercanos en términos evolutivos como los chimpancés.

Durante los últimos 25 años, De Waal ha estado en la Universidad Emory, Atlanta, con su Centro Nacional Yerkes de Investigación de Primates. Después de pasar años observando a los simios en cautiverio, comenzó a realizar estudios de comportamiento para comprender sus motivaciones. “Llevaba animales a una habitación y los analizaba dejándolos jugar en una computadora, o algo así”, dice.

Muchos dueños de mascotas e incluso científicos desearían que sus animales pudieran hablar, pero De Waal tiene otra opinión. “Me alegra trabajar con animales que no son lingüísticos”. En la investigación psicológica humana, “hacemos preguntas como: ‘¿Sientes que eres una persona empática?’ Y, por supuesto, la gente dice que sí. No tengo la más mínima confianza en estos cuestionarios. Creo que son una tontería porque la gente dice mentiras”.

Quizás las partes más llamativas de ‘Mama’s Last Hug’ tratan sobre la disposición de los animales a ayudarse mutuamente. En un estudio que De Waal citó, un bonobo se negó a aceptar recompensas de comida hasta que sus amigos y familiares también las recibieran. Una rata de laboratorio liberará a otra rata en apuros, incluso aunque eso implique un retraso en la comida. Los animales no son tan egoístas como suponemos, asegura De Waal.

Muchos dueños de mascotas también piensan que sus perros son capaces de sentir culpa y actúan de una forma particular después de portarse mal. Pero el libro de De Waal arroja una luz diferente sobre esto; los animales muestran deferencia hacia sus dueños, “como la actitud del miembro de una especie jerárquica en presencia de un dominante enojado: una mezcla de sumisión y aplacamiento que sirve para reducir la probabilidad de ataque”. (Los gatos, menos jerárquicos, no actúan de forma culpable.)

De Waal alega que la culpa humana, también, a menudo no puede diferenciarse del miedo. Consideremos, por ejemplo, cómo la culpa que sienten las personas por sus acciones puede evaporarse en tiempos de crisis, o en tiempos de guerra, cuando existen pocas posibilidades de represalias.

Él ve similitudes en todas partes entre los animales y los humanos en su deseo de mantener las redes de obligaciones que los unen. “En el fondo somos seres sociales, y nuestra primera opción es pro-social”, afirma. Sin embargo, las comparaciones entre humanos y animales van demasiado lejos. Yo indico que podrían utilizarse para argumentar que la monogamia no es natural, o que las mujeres deben asumir la responsabilidad del cuidado de los niños.

“Ése es un problema”, admite. “Siempre suelo pensar en términos de potenciales”. Él alega, por ejemplo, que las tendencias empáticas están más desarrolladas en los mamíferos femeninos que en los machos, debido a la biología. “Pero sabemos que los machos ciertamente tienen el potencial de cuidar a sus descendientes”.

No obstante, está abierto al intento del psicólogo Jordan Peterson de explicar las jerarquías humanas en referencia a las batallas que libran las langostas por el dominio. De Waal llama a los chimpancés “políticos honestos”, porque al menos no ocultan su deseo de llegar a la cima. “Algunos psicólogos no quieren hablar sobre el motivo del poder porque piensan que es una mala palabra. Pero está presente en todas las sociedades humanas”, dice De Waal.

La biología, agrega, “no es necesariamente el destino. Siempre existe flexibilidad cultural en los humanos”. De Waal predice que en los próximos años veremos un incremento en los estudios sobre las emociones de los animales. Quiere saber si la empatía difiere entre los sexos, a través de los grupos etarios y entre los chimpancés y los bonobos. Su propia época de investigación ya quedó atrás.

Recientemente cerró su laboratorio en Emory y se retirará este año. Aún visita los zoológicos (“Me puedo sentar fácilmente durante una hora frente a una jaula y esperar a que suceda algo. Nunca notarás mucho si sólo caminas y miras treinta segundos”) y está involucrado con Chimp Haven, un santuario para chimpancés libre de investigaciones de laboratorio.

¿Está a favor del movimiento de los derechos de los animales? En el libro, escribe que, si fuera un animal, “probablemente” preferiría que lo mantuvieran cautivo en un zoológico de primera clase que vivir libremente en un lugar como Borneo, un hábitat amenazado. “No sé qué hacer con los derechos. Ése es un enfoque legalista. Me siento mucho más cómodo con el lenguaje de las obligaciones. Tenemos una obligación con los animales, de no hacerles daño, de no hacerlos sufrir. No en términos de derechos, sino en términos de nuestra humanidad básica”.

Esa humanidad básica está defraudando a los animales con los que De Waal se asocia más. Todos los grandes simios, incluyendo los bonobos, chimpancés y gorilas, se consideran en peligro o en peligro crítico de extinción. “Es muy triste que vivamos en una época en que se está destruyendo el hábitat”, dice, refiriéndose a la caza y el calentamiento global.

Nuestra relación con los animales salvajes es la prueba del malvavisco a una gran escala. Somos los que estamos sentados a la mesa, balanceando las recompensas con una mayor satisfacción a largo plazo. Si podemos controlar nuestros impulsos, podremos preservar otras especies en los próximos siglos. La esperanza es que cuanto más empaticemos con nuestros compañeros animales, más podremos defenderlos.

Henry Mance

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